domingo, febrero 20, 2005

Miseria

Tropecé en la entrada del portal con una silla de niño cubierta por una manta sucia, las ruedas llenas de barro y hierbas, y varias prendas de ropa de niño semejantes a jerseys o chaquetas. En la escalera, subiendo una mujer joven, con la cara colorada por el paso del frío de la calle al más reconfortante ambiente interior.Subia lenta, escalón a escalón, y en sus brazos llevaba un niño, más que sujeto o con mimo parecía que se le hubiese caido en brazos y no supiese muy bien que hacer con él, una pierna le colgaba y respiraba con ese ruido característico de los catarros de niño, dormía. Ella estaba sucia, el pelo largo algo enmarañado y los pantalones mojados casi hasta las rodillas. Estaba pidiendo, puerta por puerta, con el niño en sus brazos, dormido, pero en una postura grotesca. Me miró en el instante en que yo franqueba la puerta de casa de mi amigo e introducía a su hija pequeña en su casa. De puertas a dentro, un hogar, calor, unos padres preparando una mañana de domingo, una niña que sonríe y un niño que juega, de puertas afuera una mirada de pena, un niño que vive un presente horrible.No hice nada, no di limosna, no ayudé, de puertas afuera todos tenemos excusas para la miseria ajena, de puertas adentro no tenemos ninguna excusa, tampoco yo.

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